Catacumbas de París, visitando la ciudad de las sombras

La llaman la ciudad de la luz, pero también podría ser la ciudad de las sombras. Todo depende de las visitas turísticas que escojamos. Para el segundo caso, lo mejor es descubrir las Catacumbas de París.

A mediados del siglo XVIII, París tenía un serio problema: los cementerios de la ciudad se quedaron pequeños y en algunos lugares los cuerpos de los fallecidos en descomposición amenazaban con desatar una epidemia de proporciones colosales en la que entonces era una de las ciudades más pobladas del mundo. Había que buscar una solución, y esa fue la de las catacumbas.

En 1777, el arquitecto del rey, Charles-Axel Guillaumot, recibió la tarea de estabilizar el sistema de pozos mineros subterráneos que amenazaban a París con el colapso. Los trabajos fueron un éxito y ocho años más tarde, con los túneles ya seguros, los fallecidos empezaron a ser transferidos a esta nueva ubicación. Los huesos fueron simplemente arrojados a los túneles en grandes montones y los canteros usaron las tibias, los fémures y los cráneos para crear un sinfín de formas y decoraciones que hoy estremecen y asombran a los turistas.

En el siglo XIX este París subterráneo se convirtió en una macabra y exitosa atracción turística. Y aún hoy lo es. Por desgracia, a lo largo de décadas son muchos los que se han llevado a casa un cráneo como recuerdo de su visita. Cuestión de gustos, cabe suponer.

Las exposiciones más misteriosas de la Catacumbas de París son una serie de tallas de piedra creadas por un misterioso artista llamado Decuré, un veterano del ejército francés que pasó algún tiempo en Menorca cuando los franceses arrebataron la isla de los británicos. Al no ayudar a sus compañeros de cantera a estabilizar los túneles. Por eso, sorprendentemente, en el subsuelo de París hay una talla en miniatura de la ciudadela de Mahón.

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