La aventura de viajar en el Transiberiano

De Moscú a Vladivostok, del corazón de la Rusia europea hasta la ciudad más alejada de Siberia, a orillas del Océano Pacífico. Más de 9.000 kilómetros. Estas son las apabullantes cifras dela línea de ferrocarril más larga del mundo: el Transiberiano.

Esta magna obra de ingeniería fue inaugurada en el año 1904, en tiempos del zar Nicolás II después de 13 años de trabajos. El último zar de la dinastía Romanov emprendió este proyecto para conectar las regiones más remotas de su vasto imperio con la capital. Cerca de 90.000 personas trabajaron en su construcción, desde voluntarios y soldados hasta presos a los que se les obligaba a trabajar en régimen de semiesclavitud.

Hoy, más de un siglo después de su construcción, viajar en el Transiberiano sigue siendo una aventura apasionante. El trayecto atraviesa hasta ocho zonas horarias. Sí, sería más sencillo y rápido tomar un avión, pero nos perderíamos esa magia que sólo tienen los viajes en tren. En todo caso, el Transiberiano actual es hasta tres veces más rápido que el original y sólo se tarda una semana desde la estación moscovita de Yaroslavsky hasta el destino final en el mar del Japón.

Uno de los tramos más fascinantes del Transiberiano es cuando circula a orillas del lago Baikal, el lago más profundo del mundo, con 1.700 metros de agua hasta el fondo. En los primeros años, el viaje se interrumpía aquí, y los pasajeros debían descender del vagón para atravesar el lago en ferry y reanudar la ruta en la otra orilla.

Hay dos categorías de precio para viajar en el Transiberiano: una de asientos “blandos”, con compartimentos de estilo europeo con 2 ó 4 literas, y otra de asientos “duros”, menos confortable, pero más barata.

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