Madeira, el jardín flotante

En Madeira el tiempo pasa más despacio que en el continente. En una pequeña plaza, sentados en un banco contra la pared, los ancianos conversan a la sombra de la Iglesia de de Senhora de Rosario, representada en los azulejos encima de sus cabezas. Estamos en Jardim do Mar, un pueblo aislado en la aislada Madeira, preservado del turismo de masas y envuelto en una calma infinita.

Plantas y flores cubren las cientos de parcelas pequeñas que florecen entre las casas. Todo el pueblo cae en cascada hacia el mar, en un laberinto de callejuelas empedradas. Jardim do Mar es un pueblo de pescadores en el que reina un microclima que permite a los visitantes y locales usar pantalones cortos durante todo el año.

Sobre él se extiende una meseta pelada a gran altitud (casi 1000 metros), muchas veces cubierta de nubes, desde la que parten infinidad de senderos y veredas así como canales de riego alimentados por los manantiales de montaña y las lluvias ocasionales. Son los responsables del eterno verdor de Madeira, la laurisilva, el bosque de laureles declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, que cubre gran parte del interior montañoso de la isla.

Más al sur se encuentra Madelena do Mar, un pueblo vecino donde se concentra la mayor producción de banano de la isla. Estas plantaciones se ubican en los lugares más inverosímiles, como en el filo de los acantilados, descolgándose al vacío.

Los británicos fueron los primeros en apreciar el encanto de la isla, el clima, hasta el punto que ha sido durante mucho tiempo una parada de algunos de ellos. Winston Churchill llamó cariñosamente a la isla “el jardín flotante” y pasó largas temporadas en ellas durante los últimos años de su vida, disfrutando de su clima, de sus paisajes exuberantes y del delicioso vino que se produce en este rincón del mundo, alejado de su anterior vida llena de terribles tensiones y grandes decisiones.

Lo de jardín no es un elogio gratuito. De hecho cerca de la capital Funchal se encuentra el famoso Jardim Botanico, uno de los más completos y espectaculares del mundo, que asombra a todos los que lo visitan.

Un hermoso  jardín en mitad del mar, ideal para detenerse a disfrutar la vida. Desde luego el viejo Churchill no tenía mal gusto.

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