La Ruta de los Azulejos en Lisboa

Son la cara alegre y colorida de Lisboa. No resultan tan melancólicos como las notas conmovedoras de fado ni evocan la vieja gloria de la Torre de Belem, pero los azulejos dan a la capital de Portugal un toque de color y elegancia que la hace única.

Los azulejos son baldosas de cerámica esmaltada y decorada que cubren las fachadas de numerosas casas, palacios y monumentos. Empezaron a fabricarse a partir del siglo XV cuando los alfareros redescubrieron una vieja técnica del arte islámico (su nombre deriva del árabe zuleiq, que significa piedra pulida) más fáciles de producir en serie que el trabajo de la arcilla. Pronto la ciudad empezó a revestirse con sus brillantes colores: azul cobalto, verde, marrón, rojo y blanco…

Fue en el siglo XX cuando el azulejo inició su decadencia. El motivo: la dictadura militar primero y el gobierno de Salazar después impusieron la visión del arte nacionalista, que no dejaba lugar a “frivolidad” colorista de los azulejos. Una especie de fascismo realista que sin embargo no impidió que los azulejos siguieran fabricándose y conquistando nuevos territorios de la ciudad, como algunas de las estaciones más importantes del metro de Lisboa (Baixa-Chiado por ejemplo).

Para saber más la historia completa de los azulejos portugueses y admirar algunas de las más hermosas creaciones (incluyendo el espectacular mosaico “Panorama de la Gran Lisboa”, de más de doce metros de largo) hay que visitar el Museo Nacional do Azulejo, situado en un precioso edificio histórico en la Rua da Madre de Deus.

Paseando por la ciudad descubrimos numerosos ejemplos: la fachada de la Iglesia de São Vicente de Fora, con azulejos que representan a algunos de los mejores cuentos del escritor francés Jean de La Fontaine, los azulejos con imágenes de santos colocadas a la entrada de las casas en el barrio de Alfama, las bellas composiciones de las fachadas de las casas elegantes del Chiado y el Bairro Alto, los pasillos de las salas de restaurante Casa do Alentejo o de la cervecería Trinidade… E incluso la Antiga Confitaria de Bélem, donde se sirven los míticos pastelillos que nadie debe perderse cuando viaja a la capital portuguesa.

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