El Calafate, el “finis terrae” de Argentina

Podemos encontrar lugares que se consideran “el fin del mundo” en todo el planeta: el cabo Finisterre gallego, la punta de Bretaña en Francia, el Vladivostok ruso, el Cabo Norte noruego… Pero en Argentina El Calafate puede ser considerado con toda justicia el fin del fin del mundo.

Una estepa árida y poco amable, un viento incesante que no deja de castigarla, erizada de antiguos glaciares y salpicada de extensas granjas donde se crían ovejas, vacas y caballos. Si Ushuaia representa el final del mundo en el mar, en tierra firme esto lo hace El Calafate, un rincón perdido de Sudamérica apoyado sobre los Andes.

El Calafate es el corazón y la esencia de la Patagonia, entre Tierra de Fuego y Bariloche, un destino solo recomendado para solitarios y aventureros, tierra de pioneros y de gauchos. En los años 20 apenas era una simple estación en la ladera de las montañas donde no vivían más de 50 personas. Hoy tiene el aspecto de una pequeña ciudad que fue creciendo a golpe de oleadas de emigrantes europeos (españoles, yugoslavos, escoceses…) a los que el gobierno concedió tierras de cultivo, pero el halo de frontera persiste.

En 1989 por fin fueron pavimentadas las carreteras, un año después llegó el gas y por fin en 1996 el aeropuerto internacional que permitió la tímida llegada de los primeros turistas. Y fue el turismo lo que salvó a El Calafate, cuadruplicando su población en apenas una década y haciendo fluir una corriente continua de visitantes que llegan en busca de la belleza de la vida salvaje y la naturaleza extrema de estas latitudes. Es un turismo limpio, agradable y responsable con el medio ambiente. Turismo que es consciente del valor de los recursos contenidos en este territorio, hasta ahora casi intactos.

Turistas que se sobrecogen frente a la pared azul del glaciar Perito Moreno, a pocos kilómetros de El Calafate, o en la quietud de sus lagos plateados, o pisando sus ríos de hielo… Penetrar en el glaciar es como entrar en un mundo mágico, como en la ciudad de cuento de cristal de un niño. Hermoso y frágil, casi irreal.

De regreso a El Calafate bordeando el Lago Argentino se ven bandadas de cisnes de cuello negro y de flamencos. La carretera es una pista embarrada y pedregosa. De nuevo la estepa, rebaños de ovejas dispersas, ausencia casi total de árboles y el reino de un silencio casi  aplastante.

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