Ascenso al Monte Camerún

Con más de 4.000 metros de altitud sobre el Golfo de Guinea, el Monte Camerún está visible casi desde cualquier lugar de la región. Aunque no llega a tener el halo legendario del otro gran volcán africano, el Kilimanjaro, sirve de referencia para los marineros que recorren esta parte del Atlántico y ya lo señalaron en sus mapas los exploradores cartagineses primero y los navegantes portugueses después.

Desde la costa, la excursión al Monte Camerún atraviesa la selva y después la sabana de hierba alta qu ecubre la carretera.  Se necesita viajar un día entero para llegar a Mann Springs (2400 m) y otro más antes de acercarse a sus altas laderas. A medida que avanzamos el gigante volcán hace notar su presencia, con su olor característico y sus rocas de colores. Para los Bkweri, el pueblo que moar estas tierras desde hace siglos, son los signos de que entramos en los territorios del dios Moto Ifassa.

El ascenso no requiere grandes conocimientos de escalada, pero si buena condición física y mucha disposición a soportar el calor del día, el frío de la noche y a dormir en tiendas. La aventura africana que muchas agencias de viaje desde Europa nos pueden planear y poner a nuestro alcance con todas las garantías. En el Monte Camerún caminamos y dormimos entre cráteres, leyendas y hombres que hacen sus ofrendas al volcán antes de ir de caza o a recoger hierbas y cortezas.

Aquí todo está conectado: los hombres, el volcán, las plantas, las tradiciones ancestrales… La tierra fertilizada por las cenizas volcánicas, es tan rica que proporciona tres cosechas anuales, aunque el bosque ha ido menguando y varios miles de especímenes vegetales y animales han desaparecido, sobre todo por la actuación de las empresas madereras.

La ladera sur del volcán cuenta con varios refugios. El balcón de lava recibe grupos de turistas todo el año, principalmente alemanes, japoneses y franceses. Los guías les ilustran sobre las plantas que favorecen a la fertilidad, las bebidas contra la picadura de la mamba y las formas de los hermosos árboles africanos, la madera de okoumé, wenge y el iroko.

El descenso es lento y el tramo más difícil es curiosamente el más cercano a la costa: de seis a siete horas de caminata por el bosque tropical entre cráteres color esmeralda enterrados en la vegetación y bajo árboles con copas tan espesas que impiden el paso de la luz. El camino es una trampa permanente, raíces y barro. Al final se abre la vista del mar, la playa y las palmeras.

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