De pintxos por Bilbao

Ha costado mucho que los bilbaínos se acostumbraran a la presencia del Museo Guggenheim y a la errática mirada de la enorme araña de Louise Bourgeois, con un ojo mirando a la ría. Ahora, catorce años después, todos reconocen que el extraño edificio de Frank Gehry ha cambiado por completo la ciudad: antes gris y oscura, hoy luminosa y llena de vida.

El viejo Bilbao industrial y trabajadora es hoy un destino muy apreciado tanto por los españoles como por los extranjeros. Sin astilleros ni altos hornos, gran parte de la ciudad vive del turismo. El “efecto Guggenheim” ha multiplicado el número de visitantes de esta orgullosa ciudad vasca, que llegan aquí a través del moderno aeropuerto de Loiu o de la siempre bulliciosa estación de Abando.

Para meterse en el corazón del viejo Botxo hay que acercarse a pasear por el casco antiguo de la ciudad, las “siete calles”, llenas de pequeños bares y tabernas tradicionales que se salvó milagrosamente de las bombas de la Guerra Civil. Aquí, entre las casas de los pescadores con vistas al Arenal y el Teatro Arriaga, Bilbao conserva su identidad y ofrece lo mejor de su modo de entender la vida.

Son los pintxos, claro. Comer en esta ciudad es algo más que un hecho fisiológico, también es un arte y un acto social. Bajo las arcadas de la Plaza Nueva se arremolinan los jubilados con sus negras y enormes txapelas a compartir un vino y charlar con los amigos. También hay grupos de mujeres. Jóvenes y mayores se mezclan con una naturalidad difícil de encontrar en otros lugares. A pesar de las diferencias de todo tipo, todos comparten un amanera de disfrutar la vida y de relacionarse.

Irse de pintxos significa todo esto, pero para el visitante supone además asistir a un grandioso espectáculo de colores, texturas y sabores en una atmósfera excepcional. La variedad de estos sabrosos canapés vascos es infinita, tradicionales o de autor, todo depende de la imaginación que se le dedique. El único factor en común: la calidad. Quien haya ido de pintxos por Bilbao puede dar fe.

A la hora de beber también hay una variedad enorme. Además del tradicional txacolí, la gente consume todo tipo de vinos (predominan lógicamente los de La Rioja alavesa), mostos, vermouts y cervezas, casi siempre en zuritos, vasos pequeños ideales para acompañar el pintxo en cuestión. Un placer que solo se puede vivir aquí.

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