El encanto ignorado de Belgrado

Algunas ciudades cargan con la mala fama de ser lugares feos y de escaso interés pero, como sucede con todo en la vida, la belleza está siempre en el ojo que mira. Belgrado es una de estas ciudades. Le Corbusier la definió así: “El lugar más feo de una de las regiones más bellas del mundo“, pero demostraremos aquí que el arquitecto hizo un juicio precipitado.

Habrá quien opine que hay otros lugares más encantadores de Serbia, pero nadie puede negar que Belgrado, a pesar de las bombas y de la guerra de los años 90, conserva su esplendoroso y atractivo aire de  “vieja Europa”.

Belgrado es algo gris, bastante oscuro y muy lluvioso, pero nunca feo. Por aquí también pasa el Danubio, el gran río de Europa que baña ciudades como Viena o Budapest. Parte de su inexplicable encanto está en su larga historia, su ubicación geográfica, sus derrotas,  sus contradicciones, sus excesos y la famosa ironía de sus habitantes.

También Belgrado es arrogante y orgullosa. Lo fue cuando las bombas de la OTAN la querían poner de rodillas. Independiente y cosmopolita, cuando en la época de la Yugoslavia socialista de Tito y la Guerra Fría eso era imposible.

La visita a Belgrado empieza desde el acantilado que domina la confluencia del río Sava con el Danubio. Después iremos a la fortaleza de Kalemegdan y el casco antiguo, donde están los grandes museos de la ciudad, para pasar después a la zona peatonal de Ulica Knez Mihailova donde se concentran los edificios más representativos de la ciudad, el legado del Belgrado de la Belle Epoque, pero también boutiques de moda, cafés y restaurantes.

Un hotel destaca por encima del resto en la capital serbia: el antiguo Hotel Moskva, cerca de Knez Mihailova, que se yergue sobre la plaza de Teraazije, la gran intersección de las arterias principales del centro de la ciudad. Con sus pisos de madera de estuco y altísimos techos, se puede decir sin tapujos que el Moskva es uno de los monumentos de la ciudad. De nuevo el sabor de la vieja Europa. 

El mismo sabor que se palpa en las calles de Skadarlija, el barrio bohemio de los serbios, el Montmartre de Belgrado, con sus calles empedradas, con sus galerías de arte, cafés y locales de música en vivo.

Más argumentos para visitar Belgrado: cenas románticas a la luz de las velas en los barcos de los restaurantes del Danubio, la hermosa catedral Crkva Saborna que alberga las reliquias de los santos y las tumbas de los personajes más relevantes de la historia de Serbia, las iglesias ortodoxas con sus cúpulas de cebolla… Demasiadas cosas para seguir ignorando Belgrado y atreverse a decir que es una ciudad fea. Si Le Corbusier la visitara hoy seguramente rectificaría.

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