Lanzarote: César Manrique y la naturaleza

Más de un centenar de cráteres volcánicos modelados por el Atlántico, la lava, por los vientos alisios… Lanzarote es una tierra de desierto virgen y, por su bella desolación, la elegida por José Saramago para vivir y morir. En la más peculiar de las Islas Canarias los cuatro elementos actúan sin obstáculos y las escasas intervenciones humanas llevan la firma del artista y el arquitecto César Manrique, responsable de la planificación urbana en la isla en la década de los años sesenta.

Las casas de Lanzarote no exceden los dos pisos de altura y apenas varían del tradicional modelo cúbico blanco. Incrustadas en el entorno hasta formar parte de él, son el signo predominante del paisaje, una hermosa monotonía que no fatiga la vista. Para recorrer la isla, nada mejor que elegir la ruta de las obras al aire libre de Manrique, todos diseñados para agrandar aun más si cabe el espectáculo natural de la isla.

El Jardín de Cactus con miles de fantásticas especies, los Jameos del Agua, un fabuloso sistema de cuevas volcánicas con el aspecto de “basílica submarina”, la decoración con barcos varados de la Cueva de los Verdes (otra cavidad volcánica impresionante), su propia casa convertida en museo…  La obra de César Manrique en la isla es omnipresente y a la vez absolutamente recomendable.

La tierra volcánica de Lanzarote tiene todos los colores de la paleta. Tanto en las montañas de lava del Parque Nacional del Timanfaya (de nuevo Manrique diseñó el logotipo), como en las montañas de fuego, resultado de una colosal y larguísima erupción que duró 6 años en el siglo XVIII, sepultando casas, animales, huertos y personas. Hoy el paisaje da menos miedo, pero es igualmente impresionante. Los turistas dan paseos en camello y comen pollo asado con el calor que desprende la tierra.

Pero hay otros rincones más tranquilos e idílicos en Lanzarote. Como Playa Blanca, en el suroeste. Playas de arena fina, mucha vida nocturna, restaurantes y tiendas. Y al norte, la Isla Graciosa, separada de Lanzarote por una lengua de mar que los locales llaman “el río”, ya que es lo más parecido a un río que se puede ver por estas latitudes. Visitar La Graciosa completa una visión de la parte más amable y tradicional de la isla.

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