Évora, una de las joyas de Portugal

Tanto si llegamos a Évora desde Lisboa como si lo hacemos desde Badajoz y la frontera española, la primera impresión que obtenemos es la de una magnífica ciudad blanca en medio de la planicie, abrazada por sus murallas y sumisa bajo la imponente mole de su catedral.

Podemos escoger una de las diez puertas de la muralla para adentrarnos en el casco viejo de la ciudad, declarado en 1987 por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, libre de tráfico y silencioso. Sus viejas calles empedradas son recorridas por grupos de turistas que a pesar de su presencia no logran alterar el ritmo pausado e íntimo de Évora.

El monumento más famoso de la ciudad, después de la poderosa Catedral que parece más bien una fortaleza, es el Templo de Diana, construido por los romanos entre los siglos II y III después de Cristo. Sus ruinas ennegrecidas por el tiempo son fotografiadas desde todos los ángulos por los turistas. Otra visita interesante y sobrecogedora es la de la Iglesia de Sao Francisco, de estilo gótico manuelino, que alberga en su interior uno de los monumentos más macabros de Portugal: La capilla de los Huesos, que exhibe en sus tres naves los restos de unos cinco mil monjes.

Évora pasa por ser una de las ciudades portuguesas donde se come mejor. Los principales restaurantes se encuentran en la calle Joao de Deus y alrededores, en los que se sirven los platos tradicionales de la gastronomía alentejana regados con los famosos y aterciopelados vinos de la región: Portalegre, Borba, Vidigueira… En el capítulo de delicias hay que incluir además los quesos del Alentejo y los pastelitos conventuales de Évora, como las barrigas de freira.

La vida se concentra en la Plaza do Giraldo, con sus soportales ojivales, el punto de encuentro de los evorenses y donde se concentran las principales cafeterías y tiendas de artesanía. Los recipientes de corcho, las campanas de bronce y los calderos de cobre expuestos sobre las aceras junto a los portales de los comercios forman también parte del paisaje de la ciudad. A lo largo de la calle Arraiolos se suceden los talleres y salas de exposiciones de alfombras de lana tejidas a mano, uno de los productos emblemáticos de Évora.

Cuando tomamos el camino de regreso, dejando atrás las fachadas blancas y las viejas murallas, es un buen momento para recordar las palabras del escritor luso Virgilio Ferreira: “Évora es una ciudad blanca como una ermita, convergen en ella todos los caminos, como el resto de la esperanza de los hombres“.

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