La ciudad-balneario de Karlovy Vary

Cuando se llega a Karlovy Vary tras un viaje de unas dos horas en coche desde Praga, el viajero rápidamente se da cuenta de que está en un lugar señorial, con el encanto especial de las ciudades de la Belle Époque. Karlovy Vary (Karlsbad en alemán) es la ciudad-balneario más famosa y más grande de la República Checa.

Esta ciudad fue fundada en 1350 por el rey Carlos IV, aunque su aspecto actual quedó configurado a lo largo del siglo XIX, cuando este lugar cobró gran fama gracias a las fuentes termales con propiedades curativas que brotan a distinta temperatura y desde diversas profundidades.

En realidad hay contabilizadas más de cien fuentes, pero solo se usan una docena para los tratamientos curativos, especialmente para transtornos metabólicos.

 Aunque cada vez más sea una escena del pasado glorioso de Karlovy Vary, todavía puede verse en la calle algún huésped de los numerosos hoteles-balneario de la ciudad llenando su taza de porcelana en alguna de las fuentes. Hay una norma fundamental para los visitantes: Prueba a beber de alguna de las fuentes, la más indicada a tus necesidades, pero no bebas de todas o acabarás sin poder salir del cuarto de baño en el resto de tu viaje.

Karlovy Vary es también un buen lugar para comprar el célebre cristal de Bohemia y, en verano, disfrutar de los diversos festivales y conciertos que allí se celebran. Además de todo esto, parte de la fama de Karlovy Vary está en el licor de hierbas que allí se destila, el Becherovka, ideal para combatir el duro invierno checo.

Entre los lugares más interesantes de Karlovy Vary figuran la iglesia de San Andrés y la iglesia ortodoxa de San Pedro y Pablo, cuya cúpula está recubierta de pan de oro. Hay que señalar que en esta ciudad tiene especial peso el turismo procedente de Rusia. Durante la época soviética Karlovy Vary era uno de los lugares de veraneo de los altos funcionarios del partido comunista de la Unión Soviética. Tras la caída del Muro de Berlin y el colapso de la URSS, los rusos más pudientes siguieron viniendo aquí.

Un paseo a lo largo del boulevard junto al río Teplá nos permitirá admirar la sobria elegancia de las fachadas de los hoteles y las casas, con los imponentes Montes Metálicos como escenario de fondo. Algo en la atmósfera nos recuerda que este fue, y sigue siendo, un lugar selecto, frecuentado antaño por aristócratas y potentados, que conserva hoy intacta su belleza.

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