Los tesoros verdes de La Gomera

La isla volcánica de La Gomera se sitúa en el centro del archipiélago de las Islas Canarias, al suroeste de Tenerife. De forma circular, en sus cien kilómetros de costa predominan los acantilados mientras que las playas son más escasas, razón por la cual el turismo de sol y playa no ha llegado a clavar sus garras aquí, con todo lo que ello tiene de positivo y de negativo.

Llegando al puerto de San Bartolomé, la capital de la isla, desde el sur de Tenerife, La Gomera aparece como una gran roca verde en medio del océano. Su aspecto exuberante se debe a la tupida laurisilva, el bosque húmedo tan característico de las Canarias.

Siempre entre brumas, esta masa boscosa nos recuerda a la isla de la película Jurassic Park. Uno tiene la impresión de que por algún lugar aparecerá de un momento a otro un dinosaurio.

Esta excepcional masa arbórea ha condicionado la existencia de hábitats naturales de gran valor. Más de un tercio de la isla es espacio protegido, el más importante de ellos es el Parque Nacional de Garajonay, que ocupa el 10% de la superficie total de la isla.

La isla tiene solo 18.000 habitantes, la mayoría de ellos localizados en los seis valles de su difícil geografía: Hermigua, Agulo, Vallehermoso, Valle Gran Rey, Santiago y San Sebastián. Fuera de estos ámbitos, que también determinan la serpenteante y muchas veces interrumpida  a causa de deslizamientos, red insular de carreteras, el poblamiento es escaso y no existe dentro del Parque.

Todas estas características han convertido a La Gomera en un destino de viaje diferente dentro de las Canarias e ideal para el turismo rural. Su relieve complicado y la capacidad de adaptación de sus habitantes han hecho posible la explotación del entorno con respeto a la Naturaleza. Las casas campesinas del interior de la isla han sido rehabilitadas y acondicionadas como pequeños alojamientos rurales para turistas. Son muchos los que llegan a este rincón verde para respirar aire puro y practicar senderismo.

La Gomera es también famosa por el Silbo, la tradicional forma de comunicación de los pastores de la isla, una expresión cultural que proviene de los guanches, antiguos pobladores de las islas. Esta tradición desapareció de Gran Canaria, El Hierro y Tenerife en  el siglo XX. En 1999 el gobierno canario reguló su aprendizaje en las escuelas y declaró el silbo patrimonio etnográfico de Canarias.

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