Santillana del Mar, un museo vivo

Santillana del Mar es la villa de las tres mentiras: ni es santa, ni es llana, ni tiene mar”. Éste es un viejo chascarrillo que cuentan los cántabros. El nombre de esta localidad no puede ser más equívoco, pero esto no le resta ni una gota de interés al visitante. Se trata de uno de los lugares de mayor riqueza histórico-artística de Cantabria y de España, por eso es uno de los destinos más visitados de la región.

A 30 kilómetros al este de Santander, Santillana del Mar es un museo vivo, una villa medieval que solo puede visitarse a pie y que creció en torno a la Colegiata de Santa Juliana. Este lugar es el epicentro de la población, un impresionante templo románico del siglo XII, el más grande de todo el Cantábrico.

La decoración escultórica de su porticada nos traslada a la Edad Media, lleno de alegorías fantásticas y religiosas. En su interior se guarda el sepulcro de Santa Juliana, que da nombre a la iglesia. El claustro adosado también puede visitarse pagando 3 euros a la entrada.

Las calles empedradas de la villa, la sobriedad de las fachadas y el silencio reinante nos hacen una idea de cómo debió ser este lugar en el pasado. En la plaza de Ramón Pelayo se encuentran algunos de los edificios más representativos: la Casa de los Barreda-Bracho, hoy convertida en parador, el Ayuntamiento, la Torre de don Borja y la imponente Torre del Merino, residencia fortificada de los administradores reales.

Pero el verdadero deleite de Santillana del Mar está en deambular sin prisa por sus calles, admirando sus balcones floridos y los escudos heráldicos sobre los portales. Detenerse a observar el trabajo en los talleres artesanos, que hoy viven del turismo, y merendar el típico vaso de leche con bizcocho, seña de identidad de esta localidad. Un verdadero placer para el visitante. No en vano hace algunos años esta villa tuvo el honor de ser elegida el pueblo más bello de España.

Además de todo lo anterior, Santillana del Mar es también conocida por su proximidad a las Cuevas de Altamira, donde se descubrieron a principios del siglo XX las famosas pinturas rupestres de más de 14.000 años de antigüedad, y por su parque zoológico, uno de los mejores del país. Altamira, “la Capilla Sixtina de la Prehistoria” bien merece un capítulo aparte en cualquier guía de viajes. Hoy en día no se puede visitar la cueva sino bajo petición y tras pasar por una lista de espera de varios años, todo con el objetivo de preservar el estado original de las pinturas.

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