Cabo de Buena Esperanza, Sudáfrica: una visita al fin del mundo

Solemos abusar del término “fin del mundo”, pero hay rincones geográficos que se prestan a tal descripción: Tierra de Fuego, en Chile, el Cabo Norte en Noruega, e incluso nuestro Cabo de Finsiterre. También el continente africano tiene su propio fin del mundo, y se encuentra en el solitario Cabo de Buena Esperanza, en Sudáfrica.

Fue el navegante portugués Bartolomé Dias quien bautizó así a esta península que marca el encuentro, o la división, de dos océanos: el Atlántico y el Índico, paso obligado de la Ruta de las Indias. El luso consiguió abrirse paso entre vientos y olas terribles en el año 1488. Cabe señalar que éste no es el punto más meridional de África (ese honor está reservado al Cabo de Agujas), pero sí el más legendario y donde la navegación es más complicada.

Lógicamente los viajeros y turistas prefieren visitar el Cabo de Buena Esperanza por tierra. La distancia desde Ciudad del Cabo es de 70 km, una hora y media en coche. La carretera llega hasta el extremo de la península, un lugar señalizado con el nombre de Cape Point. La gran atracción aquí son los pingüinos y la posibilidad de divisar los restos de los numerosos naufragios que se han producido aquí a lo largo de la historia.

Justo allí se sitúa la bonita playa de Dias Beach, que también lleva el nombre del navegante, a los pies del emblemático faro. Toda la península está bajo protección del gobierno sudafricano como reserva natural.

Unos kilómetros antes de llegar a la punta, vale la pena detenerse en el centro de visitantes de Buffelsfontein, donde nos informarán sobre el acceso a las otras playas de la zona (Buffels Bay al norte y Platboom Beach al sur) y a los monumentos de Dias Cross y Kanonkop.

Y sí, es el fin del mundo: navegando en línea recta desde aquí no encontraríamos nada hasta llegar a la Antártida.

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